EL VIENTRE DEL LOBO

El vientre del lobo

Autora Melisa Mauriño / Ilustraciones de Nayla Zarba

Ficha técnica:

ISBN 978-987-86-3894-2

Tapa blanda en papel ilustración, interior en Tempo Naturaleza, 20 × 13 cm, 84 páginas.

Lugar y año de publicación: Buenos Aires, 2020.

 

Una voz distingue los poemas de El vientre del lobo: alta, determinante, dramática. Esa voz resuena más que en la versión suavizada de los hermanos Grimm, en el relato oral de Caperucita y el Lobo que originalmente confrontó la inocencia infantil con lo siniestro de un modo descarnado, despojado de ternura. Para advertir a las niñas sobre el peligro letal que acecha en lo desconocido, la propia familia se vuelve transmisora del horror, construyendo con su interdicción el deseo. Melisa Mauriño sigue su derrotero, pero sacando de su escondite a un corazón que revive ante el contacto con otro cuerpo distinto al propio: “Llevo mi corazón en la mano, / es una lámpara caliente”. El lenguaje se sexualiza en estos poemas donde de pronto asoma la influencia de Marosa Di Giorgio en la exuberancia y el erotismo de ciertas imágenes de la naturaleza. Y también, en este coro de voces que alimentan la de Mauriño, se hacen oír el padre de los arquetipos, Gustav Jung, o la condesa de la poesía argentina, la experta en siniestros, Alejandra Pizarnik: “¿Cómo sería la sombra / de mi sombra si existiera?”, se pregunta la autora y asegura: “Mi sombra / es la sombra del lobo”. Es en la conciencia de que ese peligro que está afuera también habita dentro de ella misma, que Caperucita da con la llave para dejar de ser hablada y contar, por fin, la otra historia.

Paula Jiménez España

 

En la casa viven nueve gatos

ninguno es mío, ni uno solo

me pertenece

 

tampoco los muebles, apenas

me adueño del espacio

donde transcurren los acontecimientos

donde las palabras

hacen eco, me adueño

 

de la tierra seca

que se desprende de mis zapatos

al atravesar la puerta.

 

Vengo de la guerra, comando

un ejército de soldados diminutos

que se derriten al sol cuando descuido

mis deberes bélicos, la estrategia

que me enseña a sobrevivir

volviéndome invisible.

 

Los gatos son de la casa, yo

pertenezco al bosque de los sauces

que se tuercen como gritos

y me hacen lugar, piel con piel

para soñar bajo la hipnosis

del cántico que expulsan las chicharras

en el sopor del verano.

 

A veces ellos, los gatos

custodian el porche y saltan sobre mí

con todas sus uñas, me despedazan

me muerden hasta volverme

tierra de mis zapatos sobre las baldosas

que la abuela baldea sin piedad

hasta el agotamiento

de un modo hermoso, soleado

así

 

me despedazan hasta dejarme

intacta, igual a mí

antes de ser yo: vacío, palabra, parte

de los acontecimientos.